Una viguesa en Frankfurt

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Frankfurt vista desde paseo del Main

A petición de un amigo me he puesto a escribir unas líneas sobre mi experiencia en Frankfurt y lo que echo de menos de Vigo. “Algo breve” o un “pequeño texto”, creo que fueron sus palabras. Claro que cuando se vive la experiencia que me toca vivir a mi cada día, me temo que es mejor que este texto se divida en varios capítulos, o simplemente que se corte con un “continuará”.

La verdad es que mi situación es bastante privilegiada. Siempre lo ha sido. En Vigo tenía un buen trabajo, vivía sola y mi sueldo me permitía darme algún que otro capricho como viajar, que es lo que siempre me ha gustado.

Frankfurt nevado

Frankfurt nevado

Pero siempre he sido algo ambiciosa, o quizás mucho; he estudiado idiomas y he vivido en el extranjero en sitios muy distintos y en distintos momentos de mi vida. Y Vigo se me quedó pequeño.

Por eso, cuando mi actual empresa me ofreció la oportunidad de venirme a Frankfurt, no me lo pensé. Por supuesto que las condiciones propuestas eran inmejorables y lo que, desde que llegué me ofreció, tanto la ciudad como sus gentes, fue más de lo que jamás me habría esperado.

Frankfurt es una ciudad grande, con la sensación de pequeña ciudad. Cada día ofrece a sus habitantes una multitud casi exagerada de actividades, conciertos, exposiciones, fiestas. Los bares están siempre llenos de gente y hay pocos días en los que la ciudad verdaderamente duerma.

Situada en el centro de Alemania y de Europa, con un aeropuerto internacional y con un sinfín de posibilidades gastronómicas, siempre que el sueldo te lo permita. Quien se aburra aquí, es porque no quiere o no sabe vivir.

Sus alemanes, no tan cerrados como se espera y más que acogedores y leales compañeros,  hacen que la vida en la ciudad sea si cabe, más productiva en su día a día y más dichosa en sus noches.

Los afterworks son casi una religión, pero ¿qué se puede esperar de una ciudad donde la mayor parte de la gente ronda los treinta y viene aquí sólo y solo por motivos laborales? Es por eso que es muy fácil conocer a gente nueva…y también bares nuevos.

En cuanto al trabajo, metódico, planificado, puntual. Depende sólo de tu nivel de auto exigencia, el “sobrevivir a sus normas”.

¿Cuadrados? o ¿claros? Para mí es más claro que cuadrado, yo funciono así y es un aspecto que valoro mucho en la cultura alemana. Si las cosas así funcionan bien, seguiremos haciéndolas así. Y funcionan de verdad.

En cuanto al clima, si lo comparo con mi tierra…bueno, está claro que Vigo no tiene tan mal clima como el que se piensa por el resto del país que tenemos. Y lo mismo pasa con Frankfurt. Realmente me sorprendió poder comprobar que aquí hay verano  ¡y ha durado tres meses! Tres meses de una media de treinta grados, de sol y de piscinas. Pero también de sus múltiples festivales o Strassenfest (fiestas ambulantes que se hace en las calles. Cada semana la fiesta se hace en una calle distinta que se llena de puestos de comida y bebida, dj´s, conciertos, etc…), Volkenkratzer Festival (Festival de los rascacielos donde puedes subir, por un precio único y casi simbólico a todos los rascacielos), Museumfest (La fiesta de los museos, donde durante todo un fin de semana y también por un precio simbólico, puedes acceder a todos los museos de la ciudad) y un largo etcétera.

Eso sí, aquí también hay otoño; es decir, hace viento, llueve, algún día o incluso semana puede salir el sol, o estar nublado, pero ya no es verano y aun cuando sale el sol, no debes arriesgarte a salir sin chaqueta o foulard. Y en invierno nieva. Y nieva mucho. Si te gusta ir a esquiar, lo tienes a un tiro de piedra. Y si no es el caso, el encanto que le da a la ciudad, también es digno de apreciar.

Frankfurt desde el Main

Frankfurt desde el Main

Otra cosa que me encanta de Frankfurt son los mercados que hay de jueves a sábado, dónde puedes comprar fruta, comida o degustar una copa (o dos, o tres…) de vino.

La calidad de vida está patente en toda su plenitud.

Pero, como buena viguesa y gallega que soy y me siento; y por mucho que no vea en un futuro cercano posibilidad alguna, o no entre en mis planes el volver; no creo que haya nada comparable en este mundo al olor del mar de Vigo, a esos atardeceres en la guía, a las vistas desde “El coto del águila”, a la fiesta de la Reconquista, a las tapas y 1906 infinitas, siempre en la mejor de las compañías. A ese caos controlado al que sobrevives conduciendo en la ciudad. Al pulpo y vermús de los domingos en Canido. A los magostos en la playa de La Fuente, o el agua helada de las Cíes. A sus leyendas, bosques, parques…A su costa. Los conciertos de Castrelos. El olor a pescado del Berbés. El acento de su gente. A sus gentes. El marisco. El sonido de sus gaitas. Las tardes de Balaídos viendo jugar al Celta. Las noches después de las tardes. Pasear por el Casco Vello, Montero Ríos, la Alameda… Los domingos de paseos por el Vao. El sonido de las gaviotas que inundan la ciudad. Las castañas asadas que compras a la entrada de Príncipe. El olor de los gofres. El Sireno, tan sereno y desafiante, que a nadie deja indiferente. Sentarse en Patos y ver a los surfistas cabalgar ese bravo océano flanqueado por las tres rocas que forman nuestras islas. Qué más podría decir, de mi ciudad vertical de días eternos y noches infinitas…

Aunque sea feliz en Frankfurt, de Vigo nadie se puede olvidar. Y de eso eres consciente cuando un día te ves escribiendo que sólo faltan cuarenta y siete días para volver a pisar sus adoquinadas calles.

Firmado:

Romina Arjolekas


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